Para entender qué es una contractura muscular, imaginemos primero un músculo por dentro como un conjunto de muchas gomas. Esas gomas se estiran y se encogen, acercando o alejando sus extremos (los huesos). A veces lo hacen de forma voluntaria, como al practicar deporte, y otras de forma involuntaria, cuando exigimos demasiado al músculo o mantenemos mucho tiempo una mala postura.
Cómo se forma el «nudo»
Especialmente cuando la contracción es involuntaria, a veces unas cuantas de esas gomas se quedan encogidas y ya no vuelven a estirarse. Se forma, por así decirlo, un nudo de gomas. Ese nudo dificulta que llegue bien la sangre a la zona, que se resiente y empieza a doler. Es lo que notamos como un punto duro y molesto bajo la piel.
De molestia puntual a problema crónico
La contractura suele empezar con un dolor agudo. Si no hacemos nada y seguimos con la mala postura o el gesto que la provocó, puede cronificarse y dar problemas más serios. Por eso conviene atenderla pronto, en cuanto aparecen los primeros signos de tensión o rigidez.
Prevenir es lo primero
Como dice el refrán, más vale prevenir que curar. Hacer estiramientos de forma periódica y algo de ejercicio ayuda mucho. El pilates, en concreto, es ideal para prevenir las contracturas posturales, que son la mayoría. Cuidar la postura al trabajar y hacer pausas para moverte completan la mejor de las prevenciones.
Primeros auxilios: calor seco
En cuanto empezamos a sentir dolor o rigidez, el primer recurso es aplicar calor seco. Aquí hay dos opciones: la manta eléctrica o el saco de semillas. Las dos valen, pero hay que tener en cuenta que no conviene sobrepasar unos 20 minutos de calor intenso seguidos, porque puede producirse el efecto contrario.
Con el saco de semillas esto es más fácil de controlar: a partir de cierto punto va reduciendo el calor de forma gradual. La manta eléctrica, en cambio, mantiene el calor constante, con el riesgo de que se nos olvide o nos quedemos dormidos y empeoremos la situación.
Calor, estiramientos y masaje suave
El calor envía al cerebro una señal de relajación que ayuda a calmar el dolor. Puedes aplicarlo tantas veces como quieras, dejando aproximadamente una hora de descanso entre sesiones. Es muy recomendable combinar el calor con estiramientos suaves de la zona. Si el dolor no es fuerte, también puede ayudar un masaje ligero en el sentido de las fibras musculares.
Cuándo NO manipular la zona
Si el dolor es agudo, es mejor no manipular la zona. Y siempre será preferible que un masaje lo dé una persona experta. Recuerda que el calor seco y el masaje suave son solo unos primeros auxilios: una ayuda para el momento, no un tratamiento completo.
Cuándo acudir a un profesional
Si a pesar de todo el dolor persiste, lo más sensato es ponerse en manos de un especialista en fisioterapia u osteopatía. Una contractura tratada a tiempo suele tener fácil solución; una que se alarga en el tiempo puede acarrear problemas mayores. No conviene dejar que se cronifique. Si quieres profundizar, tenemos una guía específica sobre la terapia de calor para las contracturas.
Preguntas frecuentes
¿Frío o calor para una contractura?
Para la contractura habitual, calor. El frío se reserva para lesiones agudas recién producidas con inflamación.
¿Cuántas veces al día puedo aplicar calor?
Las que necesites, en sesiones de un máximo de unos 20 minutos y dejando alrededor de una hora entre ellas.
Las contracturas más frecuentes
La mayoría de las contracturas que sufrimos son posturales: aparecen por pasar muchas horas en la misma posición, sobre todo en el cuello y los trapecios (por el ordenador y el móvil) y en la zona lumbar. También son habituales tras el deporte cuando no hemos calentado bien o nos hemos excedido. Conocer de dónde vienen ayuda a prevenirlas: casi siempre están detrás la postura, el sobreesfuerzo o el estrés.
Hidratación, descanso y estrés
Hay factores que influyen más de lo que parece. La deshidratación favorece que el músculo se cargue, así que beber suficiente agua ayuda. El descanso es cuando el músculo se recupera de verdad. Y el estrés nos hace apretar la musculatura sin darnos cuenta, sobre todo en cuello y hombros. Cuidar estos tres aspectos, junto con el calor, es la mejor estrategia frente a las contracturas.
Señales para no ignorar
Aunque la mayoría de las contracturas se resuelven con calor, movimiento y algo de paciencia, conviene estar atentos: si el dolor es muy intenso, no mejora en varios días, se irradia hacia un brazo o una pierna, o se acompaña de hormigueo o pérdida de fuerza, es momento de acudir a un profesional. Mejor una consulta a tiempo que dejar que el problema se cronifique.
Ten el calor siempre a mano con un saco térmico de semillas: se adapta a cualquier zona y va reduciendo el calor de forma progresiva.